
El consumismo no es un fantasma tenebroso y maligno que nos acecha tras las puertas de los corteingleses o carrefoures, ni forma parte de una conspiración Imperialista para poder controlar la mente de las personas, es el peaje que nos cobra la civilización para poder permanecer en el rellano de la evolución mientras esperamos a que las ventanas de la sociedad se abran y dejen que la luz de la humanidad nos descongele el alma. El consumismo y su papá el poder, son los causantes de la guerra, la codicia, el egoísmo y de ese olor a podrido que despiden los políticos.
En ese afán por vender y comprar, nos estamos olvidando de la esencia de lo que se consume, cegados por esa felicidad temporal y superflua que nos produce el mero hecho de comprar, hemos creado el concepto de lo “comercial”, las cosas ya no se valoran por su utilidad o practicidad sino por la facilidad con la que se vende un producto determinado. Se le llama comercial, por ejemplo, a mutilar una sinfonía para extraer 4 minutos de acordes “pegadizos”, cuando la magnitud de una obra no está ni estará en una porción, sino en el conjunto. Sacar algo de contexto para que ello tenga un valor o significado diferente al del que su autor o compositor quiso darle, es engañar.
No se debe rebajar la cultura para hacerla “entendible” al pueblo, debemos educar al pueblo para que entienda la cultura.
Y en el octavo día, dios creó… el Marketing! Mejor hubiera seguido descansando, no? Que por algo era el jefe! Pues no, nos regaló este anglicismo letal y ciencia infusa que engloba todas las tretas relacionadas con “el fastuoso arte de vender lo invendible, y mantener la conciencia tranquila”.
La carne es debil.